Va de casa a la oficina corriendo y se prepara para una competencia Se trata del octavo Eco-Challenge Para entrenarse, uno de los cuatro integrantes del equipo recorre a pie los 28 km de San Isidro a Retiro Durante el certamen en Nueva Zelanda tendrá dos horas por día para dormir Faltan pocos minutos para las siete y Ernesto van Peborgh ya ha desayunado. Lo hizo a la manera norteamericana: cereales, leche, jugo de naranja y huevos. Ahora, se dirige al baño para cepillarse los dientes. El espejo le devuelve la imagen de un hombre que aparenta menos de los 40 años cronológicos, a fuerza de hombros anchos y piernas fibrosas. Dos horas y media después entrará en su empresa, una administradora de fondos, situada en pleno centro porteño. Ernesto no viste las ropas del uniforme ejecutivo: calza indumentaria deportiva -de esa que no se moja con la transpiración- y zapatillas. Correrá hasta su oficina. De su casa, en La Horqueta, hasta el lugar de trabajo en plaza San Martín hay 28 kilómetros. Es importante para Ernesto estar en forma: viajará a Nueva Zelanda para competir, junto con tres compañeros de equipo, en el octavo Eco-Challenge, que comenzará el 21 del actual. Se trata de una de las experiencias deportivas más duras del mundo. Durante varios días con sus noches, hombres y mujeres (los equipos deben ser mixtos) se enfrentarán con la cara más escarpada de las montañas, rápidos cursos de agua, dunas y montes. Todo eso a pie, en bicicleta, a caballo, en kayak, colgados con sogas de paredes de piedra y, a veces, de hielo. Una experiencia, en fin, que puede vencer al más empecinado. A Van Peborgh le gustan los desafíos, se nota. Se despide de su esposa, Jacinta Grondona, y de sus hijos, Quinto, Joaquín y Delfín. Volverá a verlos ya entrada la noche de un día que será, como todos, agitado. La mañana en La Horqueta ofrece un aire límpido y un cielo celeste claro. El hombre corre. Y descubre nuevos caminos, alejados del ruido y del monóxido de carbono: la ribera del río, la Ciudad Universitaria, las entrañas del puerto. A las 9.30 llega a la oficina. Saluda a su secretaria, Soledad, y atraviesa espacios amplios y bien iluminados, alfombrados de gris y azul suave. Entra en el baño, se ducha. Ernesto elige un traje azul oscuro, camisa blanca, corbata y medias que combinen con el ambo. Recibe al cronista de LA NACION en una sala de conferencias que tiene una mesa de diseño con un vidrio de una pulgada de grosor, rodeada por diez sillas. El ambiente se completa con una pizarra blanca, un televisor enorme y dos teléfonos. Soledad entra en el lugar y apoya sobre la mesa una botella de agua mineral y un vaso. Ernesto bebe un sorbo corto y dice: "Después de dos horas y media corriendo, llegás con el cuerpo oxigenado y con las pilas puestas para trabajar. A veces vengo caminando, o en bicicleta". Agrega que los fines de semana se entrena con sus compañeros de equipo: Fernando Mayorga, de 52 años; Ignacio Roviralta, de 30, y Mercedes Sahores, de 24. Y que un día en la semana hace ejercicios en un gimnasio. "En el Eco-Challenge hay que recorrer 550 kilómetros en, como máximo, doce días. Debe imperar una coordinación sin fisuras. Por ejemplo, hay dos horas por día para dormir y todos tenemos que hacerlo al mismo tiempo. También, conocer las debilidades de los compañeros, para poder neutralizarlas. Es una experiencia mística además de deportiva", cuenta. Hace una pausa. La usa para beber agua. Prosigue: "Tenés que navegar los rápidos, escalar, cabalgar, correr, caminar, andar en bicicleta por las montañas. Cuando el cuerpo ya no responde, te queda la voluntad. Y cuando ésta se termina, te impulsa el espíritu. Por eso, el nombre de nuestro equipo es Espíritu Argentino". Saben, por su experiencia en otras carreras del tipo, que pasarán hambre y tendrán frío y que en un momento alguno de los cuatro estará desesperado y querrá abandonar. "Pero eso -explica Ernesto- no debe ocurrir; si uno se queda, el equipo entero es descalificado." Durante los días que dura la aventura la alimentación también debe ser programada. "El cuerpo necesita unas 8000 calorías diarias. Para alcanzar ese nivel de energía hay que comer frutas disecadas y secas, cereales, pasas de uva", precisa el hombre. Allí nadie puede enfermarse ni lesionarse. Tampoco ceder ante los embates de la naturaleza y la exigencia de la carrera. Hace falta, pues, espíritu. Y del más duro. Cada uno en el equipo tiene una función concreta. Ernesto es el líder natural, Ignacio aporta el instinto de la orientación; Mercedes, la fuerza y la alegría en los momentos más críticos, y Fernando, mucha experiencia. Fernando inició a Ernesto en esto de participar; era la carrera de aventura que se realizó, en 1999, en Villa La Angostura. Desde entonces se presentaron en casi todas las experiencias de expedición que se hicieron en la Argentina. El equipo ya pagó la inscripción, que es de 13.500 dólares. Ahora deberá demostrar que puede hacerlo, en una prueba que se tomará días antes de la competencia. Van Peborgh se para y se dirige a la oficina. Ahora debe enfrentar otros desafíos, los que surgen del trabajo.
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